Era un invierno frío, no creo que te acuerdes ya que sospecho que te has olvidado de mí, pero yo sí que lo recuerdo.
Estábamos tu y yo sentados en el banco ese donde nos conocimos, tonteando mientras nos quitábamos el chocolate caliente; recuerdo bien que jugábamos como niños bajo el frío invernal y bajo los copos que daban color al cielo en aquella noche de invierno.
El lago que estaba enfrente de nosotros estaba congelado y tú, con ese poder de convicción que tienes sobre mi me hiciste saltar las normas, te pusiste los patines y con sólo una mirada tuya conseguiste que yo me los pusiera.
Tendiste tu mano enguantada, la agarré con fuerza y corrimos hacia el agua solidificada. Allí patinamos juntos sobre el hielo, creando figuras insólitas mientras nos deslizábamos suavemente, sin apenas esfuerzo; el hielo, azul en ese momento´, crujía bajo las cuchillas y éstas a su vez los cortaba haciendo de él polvo que parecía de estrellas. Nos limitábamos a reír y a sonreír, bailando el arte del amor sobre hielo.
No pude resistirme, te cogí en brazos, entonces quisiste besarme y perdí el control, me caí sobre una pequeña montaña de nieve blanca alumbrada por una tímida luz y tu caíste sobre mí, aprovechando la ocasión me apresaste con tu cálidos labios.
Tras levantarnos no alejamos deslizándonos sobre el hielo agarrados de la mano hacia ese sueño que siempre soñamos.
