Songs. \Ö/

sábado, 12 de abril de 2014

Un baiser à Paris

Era nuevo, acababa de empezar una nueva vida, había dejado atrás todo lo que conocía, me había subido a un avión y allí estaba, ante la puerta de mi nuevo piso en París. 
Había decido cambiar de vida porque estaba cansado de tener que estar corriendo de un lado a otro en busca de amigos. No quería vivir dependiendo de nadie y decidí volver a nacer.
Todo me resultaba un poco raro, pero a la vez gratificante, me encantaba oír hablar a los franceses con su hermoso acento, lo intentaba imitar, pero tenía mucho que mejorar, notaba cómo mis nuevos vecinos se burlaban de mi torpe francés (aunque he de decir que mi profesora me enseñó muy bien porque podía entender y mantener una conversación)
Gracias a esta libertad del dominio de la lengua decidí entrar en una pastelería que estaba bajo mi piso. Seguía siendo mi primer día y todavía estaba un poco perdido por la ciudad, aunque ya había comenzado mi relación con los vecinos burlones del segundo.
La pastelería desprendía un cálido olor a miel y a chocolate, era un local pequeño pero muy acogedor, con una pareja sentada al fondo tomándose un "chocolat", decidí tomar lo mismo y enseguida la joven camarera me lo sirvió, lo pedí para llevar y tras pagarlo salí a pasear por la zona.
Era de cuento, con las calles adoquinadas, los escaparates vistosos y llenos de apetecibles alimentos, una zona verde repleta de flores, árboles y todo tipo de aves; desde cisnes hasta palomas. Había elegido la mejor zona residencial para mí en estos momentos. Justo necesitaba libertad, relax y un lugar de cuentos.
Durante los siguientes meses ya estaba completamente adaptado, mi dominio del idioma había mejorado, incluso había conseguido un pequeño empleo en la pastelería de abajo. Tenía varios amigos y todo iba viento en popa.
Hasta que un día decidimos ir de Tour por Francia, bueno, en realidad por París, ya que hasta el momento no había conseguido ahorrar el dinero suficiente como para visitar la ciudad, pero la tragedia llegó cuando ese día Frédréric se calló de la bicicleta y tuve que ir con él hasta un centro de salud cercano para que le curaran la mano (que parecía partida). 
Una joven enfermera nos atendió muy amablemente y tras un chequeo exhaustivo de la mano de mi amigo la joven me hizo salir de la sala para avisarme que el chico necesitaba cirugía a causa del mal estado de su mano.
No sabía como comunicarle a mi amigo que me había enamorado de la enfermera, lo de la mano era lo de menos porque a pesar de la cirugía se recuperaría, pero esa chica me había llegado al corazón: En primer lugar con su perfecta personalidad y sociabilidad, era guapísima y los brotes de oro de su corazón se reflejaban en su nítida y sonora mirada, sus ojos color canela derribaron mis defensas, y mi sistema inmunológico había comenzado a fallar ante la amenaza de esta enfermera francesa.
Frédréric se opuso rotundamente ante la loca idea de visitar a la joven Laurine, pero a pesar de que no estaba convencido colaboró conmigo, y su mano aún dolorida era la escusa perfecta, la visitábamos todos los días que ella trabajaba y todos los días nos decía que fueramos pacientes y le dieramos tiempo a la mano para la pronta recuperación, tras dos semanas de continuas visitas e intercambios de miradas Laurine empezaba a sospechar, y bueno, decidí perdirle su número de teléfono, me lo dio, aunque estaba un poco desconfiada, en fin una tarde lluviosa la llamé, era domingo y por lo que se veía estaba aburrida, al igual que yo. 
La peculiar conversación telefónica en francés acabó en un retaurante a las orillas del Sena; la velada fue muy bonita, mágica y se repitió durante los tres siguientes domingos. 
Laurine y yo, yo y Laurine, es lo mismo, reíamos sin parar, disfrutábamos paseando bajo la luz de la luna, de una acera a otro, de un jardín a otro, iba junto a ella guiado por dulce olor.
Y tras unas horas de caminata y una larga conversación nos sentamos, más bien nos acostamos en los jardines, viendo La Tour Eiffel ante nosotros.
Estaba nervioso porque esa chica me gustaba realmente y jugueteaba con la hierba hasta que mis dedos rozaron su pelo, ella me miró y debí ruborizarme porque sonrió, y me dijo:
-"Je t'aime aussi"
No me pude resistir, y al fin nuestro labios se fundieron, fue el mejor momento en mi vida, y tras este beso en París mi vida volvió a cambiar gracias a una joven enfermera.

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