Llegó la hora, ella había sido muy puntual y él había estado algunas horas preparándolo todo para que pudieran pasar una velada diferente, esa es la palabra.
Para empecer Alice se quitó los zapatos y los sostuvo en la mano mientras se acercaba a la mesa, colocada cuidadosamente cerca de la orilla; Rai se mostró caballeroso y levantó la silla para que ella se sentara.
Se sentía la brisa del mar y el cabello de Alice ondeaba al son del viento. Al principio ambos se mostraron tímidos, pero a medida que la noche avanzaba el hielo se iba derritiendo, pronto el amor que ambos sentían lo terminaría de romper.
Tras la comida, llegó el postre y para desgracia de la joven se le calló en la arena, Rai actuó rápidamente le cedió el suyo, ello en lugar de coger el vaso repleto de helado de chocolate y fresa usó su cuchara, iban a compartir el postre. Para mayor comodidad de ambos se sentaron en la arena donde se tomaron todo el helado.
Bajo el embrujo de la luna Rai se iba acercando a Alice lentamente, girándola, dispuesto a darle un bonito beso; ella no lo rechazo, es más, se acercó a él. ¿Eran novios oficialmente? Pues ninguno lo sabía, pero ambos sabían que se querían.
Alice se separó de él y se quitó la camisa, se acercó al mar y dijo:
*Vamos Rai, metámonos en el agua.
Sin pensarlo dos veces, con un gesto ágil se desabrochó la camiseta y corrió a la orilla, se zambulló y buceó hasta Alice.
Juntos nadaron mar adentro y allí hubo una declaración de amor, nunca sabremos que fue lo que pasó, pero desde entonces nada ha vuelto a ser igual para estos dos jóvenes.

Ya había pasado la medianoche, se podría decir que eran las 3 de la mañana cuando los dos habían abandonado la playa y estaban en el coche supuestamente rumbo al hotel donde Alice se alojaba.
Pero no, la velada no había acabado aún; Rai tenía una pequeña sorpresa, el desvío los llevó a un local grande reservado exclusivamente para ellos, donde una guerra de pinturas les esperaba.




