Esa guerra fue más que una guerra de pintura, comenzó por un equipamiento, ambos se pusieron las protecciones necesarias, cogieron sus respectivas pistolas y se adentraron en el campo de batalla...
Alice iba ganando, quizás Rai se estuviera dejando ganar, pero al finalizar la partida, poco a poco se deshicieron de las protecciones, y cuando las devolvieron camiaron por un largo pasillo repleto de botes de pinturas hacia los vestuarios para tomarse una ducha.
Rai, con sed de venganza agarró un bote y lo lanzó su contenido sobre Alice; parcían dos adolescentes locamente enamorados, ella aprovechando que Rai se estaba riendo repitió la acción, acabaron por vaciar ocho de ellos y porque el dueño del local les llamó la atención; rompían las normas, les daba igual el mundo, eran rebeldes, jugando a su juego en su mundo compartiendo miradas cómplices de una lucha que ninguno de los dos deseaba acabar. La lucha del amor.
Tras la advertencia del joven muchacho del mostrador siguieron su camino hasta las duchas.
Ya limpios y de buen humor, Rai conducía hasta el hotel donde Alice se alojaba para que descansara; Pero ella le había ocultado un secreto, mañana tenía que tomar el vuelo rumbo a su País natal, su amor de verano estaba a punto de acabar, pensaba que era mejor no decir nada, mientras Rai paraba para comprar algo para matar el hambre, le escondió una carta en la guantera delantera. Sabía que miraría ahí tarde o temprano.
Llegaron al hotel y ella lo besó, el abrió la puerta, se volvieron a besar, seguidamente se dieron un abrazo.
-Te quiero.
Se oyó en el silencio de la noche.
+Adiós mi amor.
Resonó en el portal del lujoso hotel.
Alice no podía despedirse de él, no quería, lo amaba y no lo iba a dejar irse, así que lo invitó al hotel, entraron en su habitación y despertaron abrazados envuelto por el calor de su amor.

Era la hora y Rai tenía que irse, cogió sus cosas y se dirigió al coche. Se marchó.
Alice terminaba de hacer la maleta y sólo olía su pelo, con el olor a amor que solo los enamorados pueden oler. Lloraba, sonreía y con una última mirada salió de la habitación, se secó la lágrima con la manga de la sudadera que Rai había olvidado. Se la quedaría para siempre.
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